|
Cómo Despertar...
Wallace
McLoor
Prólogo
Si has
comprado este libro, posiblemente hayas comprado otros cuantos antes
de los denominados: de autoayuda. Curioso término pues la ayuda, al
parecer, proviene de la persona que lo ha escrito y que te va a dar
una serie de claves o puntos que, después, eso sí, tú tendrás que
poner en práctica. Pero, se supone, el que te ayuda es el que te lo
está contando de manera que lo de autoayuda no es muy acertado. Si
lo de autoayuda viene porque eres tú el que pone en práctica esas
enseñanzas tras haber leído lo que el autor te ha contado, pues
tampoco. Cuando yo, como cualquiera, pido ayuda, se la pido a otro u
otros. Pero no me la pido a mí mismo. Parecería un idiota. Pero,
esto nos lleva a otro punto muy importante que hay que aclarar sobre
esta clase de literatura.
Cuando
alguien se está ahogando no necesita que el salvavidas se siente en
la orilla y le cuente su vida, o le recuerde que si hubiese sido un
poco más inteligente y hubiese hecho caso a sus padres cuando le
dijeron que debía asistir a las clases de natación que impartía la
escuela, hoy no se estaría ahogando, ni, tampoco, que, en lugar de
lanzarse en su ayuda le explique desde la orilla la técnica de los
diferentes estilos de natación que existen porque, posiblemente,
antes de que haya terminado la primera explicación ya no haya ni
quien le escuche ni a quien salvar porque, cuando uno se ahoga y
reposa bajo el mar, o en el fondo de una piscina mientras ve
desfilar a sus parientes y amigos difuntos, no se escucha.
Cuando uno
pide ayuda lo que necesita es, precisamente, eso: ayuda. Una vez
fuera del agua y lejos del peligro, su salvador podrá contarle todo
lo que quiera que el salvado seguro, aunque sólo sea por el
agradecimiento, le escuchará todo lo que le quiera contar.
Todo esto
viene a que, casi seguro, si sois asiduos de este tipo de
literatura, os habréis dado cuenta de que, durante unas ciento
cincuenta páginas, y en muchos casos, más, el autor, es decir, el
que te va a dar la ayuda, tu salvavidas, te está diciendo la de
maravillas que vas a conseguir haciendo lo que él te dice que hagas,
pero no termina de contarte qué es lo que debes hacer. Y, al final
del libro, en tres páginas, como mucho, te lo explica someramente.
Normalmente, nunca llegas a esas tres últimas páginas porque te has
ahogado cuando terminabas las cinco primeras.
En otros
casos –léase: libros- te inunda en ejemplos de todo lo que le ha
ocurrido a él, a su familia y a sus amigos –casi siempre
desgracias espantosas- y cómo, gracias a las enseñanzas que te está
impartiendo, pudo salvarse y cambiar su vida por completo. También
te ahogaste en el primer ejemplo de su anterior y desastrosa vida al
tiempo que, mientras te ibas sumergiendo en el agua, pensabas: “Y, a
mí, ¿qué puñetas me importa lo que a este tipo le ha sucedido? Lo
que quiero es que me salve y, si él no puede, que avise a alguien
que lo pueda hacer”.
Otro hecho
curioso de este tipo de libros son esos “versitos”, esos
pensamientos filosóficos, todos de otros autores, que encabezan cada
capítulo o, en algunas ocasiones, los cierran. ¿Por qué? ¿Por qué
esta persona, a la que he pedido que me salve, me cuenta lo que dijo
éste o aquél? Me estoy ahogando, me estoy muriendo. No quiero saber
lo que dijo Gandhi, no me interesa conocer cómo pensaba Lincoln, me
importa un carajo lo que se le ocurrió, una mañana de invierno,
cuando miraba por la ventana de su despacho, a Churchill.
Cuando
alguien te pide ayuda, lo primero que tienes que hacer es ayudarle.
Después tendrás tiempo de entablar amistad y, si se tercia y la
amistad llega a tanto, contarle tu vida y la de tus familiares y
amigos. Pero, lo primero: AYUDAR.
Cabría
preguntarse cuántos autores de libros de autoayuda piensan,
realmente, en, lo primero, ayudar. Y cuántos utilizan esos textos
como vehículo de su egocentrismo y se olvidan del pobre que se está
ahogando.
Es posible
que, tras todo esto, hayamos llegado a dilucidar el origen del
término autoayuda. Son libros, efectivamente, de autoayuda, porque
el autor se autoayuda a sí mismo en muchos aspectos…
|